¿Arrastrado a la monotonía?


—¿Por qué has llegado? —le pregunté a Jesús
mientras toleraba un frío abrazador en mi interior.
—Yo no te llamé… ¿quién lo hizo?
¿por qué llegaste? ¿qué te importo?
Era mi dolor de arrastrarme en la monotonía.
Y no quería saber nada de él.
—Es que sentí tu alma inquieta,
como el águila que no se halla siendo un pollo,
como la golondrina que agita sus alas sin encontrar
un campanario —me dijo acertado el Galileo. Él me conocía…
Tensaba mi arco y mi corazón no estaba allí.
Era yo hechizado por el desgano.
El Guerrero de la Luz, quien detiene nuestros
soles en las batallas de Gabaón,
atendía la movida detrás de mi hombro. Yo sentía que él me sentía…
Él, Jesús, quien nos dio su todo en la Cruz,
suspiró fuerte y, rígido, me ordenó:
—Líder, no lo hagas. La tuya es mi sangre,
sangre que conquistó al Gólgota.
La rutina reduce el baile a un simulacro.
Veo que finges o amagas —me atinó.
Desencantado de luchar, a vuelo raso… sin querer surcar los cielos…
le pedí que tomara el arco en lugar mío,
pero él se me negó con amor firme.
Entretanto no me reponía del rechazo, apuntó Artista de la excelencia:
—Si tu corazón no late en lo que haces, no cuentes tampoco con el mío.
El compromiso es la firma del corazón valiente,
yo no comparto lealtades, mi querido guerrero, —y agregó:
—Dar las rosas por deber hace que el aroma llegue marchito.
Entonces desperté para una hazaña…
apuntalado… como lanza dispuesta a romperse…
No sería tal guerrero, cuento Aladino…
me veía ahora como uno, sobre las huellas del Guerrero divino.

La Promesa:  
“El Señor, abrirá los cielos, su generoso tesoro,
para derramar a su debido tiempo,
la lluvia sobre la tierra,
y para bendecir todo el trabajo de sus manos”
(Deuteronomio 28:12).

Autor:
Juan Francisco Altamirano Rivera

No hay comentarios:

Publicar un comentario